EXPOSICIONES

CUERPOS SIGNIFICANTES. Nacho Ramírez.
Martin Studio, Las Palmas de Gran Canaria.
4 - 28 / mayo

El tremor significante en Nacho Ramírez (Javier Cabrera)

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En torno a la exposición del pintor, Cuerpos significantes, expuesta en la Sala Martín ·Studio, de Las Palmas. 

 
Javier Cabrera 

 

El verdadero método
de conocimiento
es el experimento. 

 

William Blake 

 

Cuando lo indeterminado viene a definir el principio estructural de una idea toda la conducta sobre la que esta se sostiene plantea lo que en mecánica cuántica ha venido a definirse como “principio de incertidumbre”: aquel que acaba por confirmarnos que nada posee una fijación categórica y es factible de todo cambio, de sugerencia de movimiento o bien de imposibilidad de constatación rígida. Algo así ha terminado por establecer la modernidad para el pensamiento: ya nada es continuo o perenne, de una claridad meridiana para el resto del tiempo, teorema constante sin variación e, incluso, en la contradicción da sujeción a su paradigma. 

Casi en paralelo sucede con el devenir de la historia del arte, de la pintura en modo concreto. Si hacemos un recorrido somero por las épocas o momentos destacados, en su desarrollo histórico apreciamos que los cánones que se dieron por rotundos en ciertos momentos –pensemos el Renacimiento, por ejemplo–, el tiempo acabó por demostrar que no eran, ni mucho menos, la única visión posible o factible para dar solución a las distintas vertientes, a las miradas dispares que, al cabo, observaría la deriva del arte, de la pintura en particular. 

Hoy, pilares del arte como Michelangelo Buonarroti, Alberto Durero o Jacques-Louis David, representantes invaluables de un modo inamovible de explicitar la pintura, ya no representan los valores categóricos que el arte pueda deparar. Tras ellos, aportaciones surgidas de la mano de artistas como Francisco de Goya, William Turner o Vincent Van Gogh, ponen en evidencia la mirada atemporal para descollar en la obra el atisbo de una visión personal e incluso irracional, y devenida de la personalidad del propio artista. O más cercanamente, cuando artistas del orden de Edvard Munch, Pablo Picasso o Alberto Giacometti, dejan entrar en el argumentario de sus obras las gradientes sicológicas y analíticas hasta el desbroce de la figuración, el rumbo del arte no sólo gira su mirada, sino que, al cabo, obliga a una revisión de la valoración inamovible de éste. 

Finalmente, desde la inmolación de Marc Chagall, de Francis Bacon o de Armando Reverón, todos estos preceptos saltan por los aires y entra una consideración diferente para la lectura de la obra de arte. Fijada, con paragón más igualitario al que pudiera hacerse para una pieza de los clásicos citados al inicio. Esta categorización acaba por romper amarras cuando las propuestas de Henri Michaux, desde el campo de la literatura, establecen nuevas fronteras de lectura al concepto del arte hasta entonces limitado a la representatividad de la imagen y convierte en idea representada la propia escritura. Aquí ya todo cabe y de ahí en adelante el arte que actualmente nos visita. 

 

En ese campo de valoración variable, al soco de su concepto de desubicación, asoma la obra que Nacho Ramírez ha llegado elaborando en el último decenio. Advirtamos, de entrada, que el motivo central en la obra del pintor es la figura humana, y con factura en apariencia clásica aborda, como en su época lo hicieron Buonarroti, Durero o David, preceptos que permanecen invariables a la percepción de quien observa o lee la obra de arte. Aparece, sin embargo, en la obra de Nacho Ramírez una nueva normativa que obliga al ojo a organizar su visión desde otra compostura: la incertidumbre. Este principio ha favorecido que su propuesta hiciera un recorrido a lo largo de la historia del arte de los últimos cinco siglos a la velocidad, casi, de la luz. ¿Qué sostiene esta aseveración? No otra cosa que lo cabalmente representado sobre lienzos, cartones y papeles para sus dibujos –el dibujo es el embrión de toda percepción– y que acata el mismo orden de clasicidad ya establecido. Pero algo salta ya a la vista apenas es fijada en la superficie: una sensación de inquietud, adivinar que las figuras que miramos no son seres inmóviles que se dejan contemplar estáticos, para una u otra valoración de la belleza. El propio temblor que las conmueve y dice de ellas la imposible definición clara de sus límites, de una lectura única e invariable, atraviesa la mirada del espectador para establecer en su interior idéntica norma de incertidumbre acerca de la obra que observa. Las figuras, dejadas a su albur sobre la vaciedad que un espacio ilimitado favorece, parecen flotar sin sujeción al canon que la razón lógica organiza desde la mirada. Serán éstas, figuras múltiples, multiplicadas, vibrantes por mor del tremor que, con voluntad de lectura diversificada, se disponen disociadas en una nueva unidad visual ajena a la costumbre del ojo que mira.  

En esta nueva entrega el pintor hace aparecer la opción del plano que irrumpe en las obras, unas veces línea elemental del horizonte para desglosar en el conjunto una fijación de campo, o como perspectiva, hasta que el espacio pictórico se ejercite desde varios campos visuales. Línea del horizonte que, en momentos, ordena la disciplina continua de piezas que, si observadas por separado ofrecen una visión lineal, al establecerlas en un contexto unitario evalúan la elipse que decanta una lectura circular. No obstante, la irrupción en varias de las piezas de una aparente impronta improvisada, resuelta en un estallido imantado de color, enajena a la obra de la rigurosa sacralidad clásica y posibilita la duda que ampara la modernidad. Habrá otro plano más de fijación que intervenga en las obras, se trata, sin duda, de esa voluntad de desaparición observada en varias de las figuras, que entierran o esconden sus testas más allá del aparente espacio ulterior yacente tras las lisas superficies de las piezas: una idea inquietante para la ubicación del pensamiento en el contexto del arte contemporáneo. 

Cabe aquí, entonces, la pregunta impertinente: ¿encierran los títulos de sus series, ya dibujos o acrílicos, la compostura de un proceso filosófico que responde al cauce que Zygmunt Bauman descifra cuando líquido el pensamiento se torna liviano, inasible a una idea prefijada, fragmentario en su puro contenido? Series como ‘Incertidumbres’, ‘Flowing figure’ o ‘Dios caído’, quizá abunden en esa idea: puro tremor. Ahora bien, en el desglose de la obra de Nacho Ramírez se llega al cogollo de su entendimiento sólo cuando evidenciamos en conciencia que en el dibujo radica lo que le es esencial. La transparencia lineal de su factura, la limpieza visual de su eminente resolución, la elementalidad del trazo soñado antes de ser impuesto, fundamentan todo lo que más tarde se va añadir a la obra; intencionalidad de ideario incluida. La disciplina del dibujo sujeta el inventario de experimentación que, en voz de otro clásico del arte –a William Blake hago referencia–, renueva el método para alcanzar el conocimiento: la prospectiva del discurso donde alimentar la nueva obra a vislumbrar. Al cabo, la adivinanza de un continuo tremor. 

Cuerpos significantes. (Miguel Rodríguez Pérez)

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Nacho es un artista inteligente, sensible, comprometido y elegante y, con estas esencias, más su pertinaz compromiso con el Arte. Su trabajo se enmarca en la exquisitez del rigor técnico y la sutileza con lo refinado.


El punto y el espacio de Kandinsky lo reconduce mi lectura a  las líneas secuenciales, crecientes, paralelas, convergentes y divergentes de unos cuerpos que se mueven en un plano de incomprensiones, en retorcidas  posiciones que aluden a la danza y a saltos, pero también a las huidas de uno mismo, de lo confuso, lo feo, lo ruidoso; él también deambula en una órbita asumida de las vibraciones sonoras que equilibran sin ninguna duda la energía vital de las figuras humanas que define, difumina, atraviesa en busca de almas.


Chapoteando con el color salpica con aguadas de transparencias y de unificación  toda la obra, siempre en valores complementarios y equilibrados. Azules para mayor profundidad y líneas remarcadas para definir los límites de lo esencial, en la notoria limpieza de los dibujos que centrados en el mundo de la figuración vuelan en ascensión de las  ilusiones, expectativas, de los sueños y de los logros artísticos, de los frutos humanos.


Esta exposición de Nacho Ramírez está enmarcada en una equilibrada y notaria delicadeza, donde cada pieza está en posesión de su lugar, en equilibro con lo cercano y en la serie adecuada por su formato y  temática. Equilibrados en tamaños y en cantidad con profundos discursos sintéticos y definitorios. Cada nuevo trabajo de este peculiar y notorio artista indaga en los caminos de la síntesis, entra en un mayor dominio del color  y la creciente emotividad desplegada y acrecentada. Ahí, se atreve a dejarlo para anexarlo al pensamiento de Steiner, donde reseñaba éste que el halo de su espíritu con su última pincelada lo comparte con quien lo visiona y entra en la pretensión de sentirlo, quererlo y esforzarse por entenderlo. 


Miguel Rodríguez Pérez

16 / 05 / 21 

MUJER·ERES  Esculturas de Manuel Díaz Medina en Martin Studio, Las Palmas de Gran Canaria.
Curador: Javier Cabrera
18/marzo - 16/abril
Catálogo

NEXOS.4 Ciudad alerta  en Martin Studio, Las Palmas de Gran Canaria.
Curador: Javier Cabrera
9/octubre - 10/noviembre
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NEXOS.3 en Martin Studio, Las Palmas de Gran Canaria. 17/08/2020

NEXOS.2 en Martin Studio, Las Palmas de Gran Canaria. 30/07/2020